La reciente aprobación de un permiso, por parte del gobierno, para que la compañía Monsanto siembre dos hectáreas de maíz transgénico en nuestro país, ha desatado, otra vez, la molestia de varios sectores “ambientalistas” y de algunos políticos con representación en la Asamblea Legislativa.
Dos de estos diputados (Luis Fishman y Juan Carlos Mendoza) llegaron incluso a firmar una moción, en representación de 20 de sus compañeros, para que el Ejecutivo suspenda el permiso otorgado a Monsanto. Durante los últimos días hasta la Sala Constitucional ha intervenido en el tema, aceptando para su revisión y conocimiento un recurso de amparo, hecho con el cual el permiso queda temporalmente suspendido.
Pero, ¿cuáles son los argumentos esgrimidos por quienes se oponen de manera tan férrea al cultivo del maíz transgénico? ¿Están basados los mismos en estudios científicos serios y avalados por organizaciones internacionales de prestigio, cuyo criterio sea aceptado reconocido por todos los involucrados en este importante debate, que trasciende nuestras fronteras?
Según un artículo del Juan Carlos Hidalgo, publicado hace pocos días en El Financiero, quienes se oponen al cultivo de maíz transgénico aducen que un estudio de la organización Mundial de la Salud (OMS), del año 2005, encontró que “los transgénicos conllevan riesgos sobre la salud de la población y sobre la integridad del medio ambiente”.
Al respecto Hidalgo señala que la cita fue mencionada por los grupos ambientalistas hace dos años cuanto una empresa ligada a Pindeco pidió permiso para sembrar piña transgénica en la zona sur. Lo curioso es que cuando uno lee el estudio de la OMS al que hacen referencia, la frase entrecomillada no aparece por ninguna parte. ¿De dónde salió? ¿O será que los ambientalistas se tomaron una pequeña licencia literaria? Más bien, el estudio de la OMS indica que “Los alimentos GM [transgénicos] actualmente disponibles en el mercado internacional han sido sometidos a evaluaciones de riesgos y es improbable que presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”.
Pero además, agrega Hidalgo en su artículo: “La realidad es que no hay NI UN SOLO estudio científico serio que haya demostrado que los cultivos transgénicos representen una amenaza para la salud humana o para el medio ambiente”.
Hay que resaltar que es mucho más simple identificar y estimar de forma precisa los cambios producidos por una única característica modificada directamente y de forma controlada, que estimar los cambios producidos por alteraciones en el 50% del genoma de un organismo producto de una reproducción
Otros argumentan, por ejemplo, que la harina de trigo que consumimos es de plantas transgénicas, que han sido cruzadas a su vez con plantas que no tienen nada que ver con nuestra cadena alimenticia, lo que atribuyen a la supuesta aparición reciente del problema de los celíacos, quienes padecen una intolerancia permanente al gluten, conjunto de proteínas presentes en el trigo, avena, cebada y centeno (TACC) y productos derivados de estos cuatro cereales.
Las personas celíacas son alérgicas al gluten, así que no solo el trigo les afecta, pues en otros cereales como la cebada y el centeno también está presente dicha proteína. De hecho, el trigo que conocemos hoy no ha variado mucho en su genoma en el último siglo, y dado que otras plantas familiares del trigo también contienen gluten, es bastante factible que haya habido celíacos desde hace miles de años. En otras palabras, la alergia al gluten no tiene absolutamente ninguna relación con la ingeniería genética.
Segunda aclaración, en el mercado no hay variedades de trigo con tecnología de modificación genética; esto hace muy poco probable que la harina de trigo sea hecha de trigo transgénico (GM). Es muy factible que ese sea el caso en un futuro cercano, pero primero, el trigo en cuestión debe pasar las regulaciones que permiten determinar que es totalmente seguro de producir y consumir.
Tercera aclaración. El mejoramiento genético (que en el caso particular del trigo tiene 10 000 años de estarse dando) es un proceso en el que constantemente se están cruzando plantas con características deseables para que la siguiente generación sea más productiva que la anterior, es un poco contrasentido perder intencionalmente características cuando se cruzan una planta, con cualidades deseables, con otra planta de características indeseables.
Cuarta aclaración. La compatibilidad genética es fundamental para que las especies se puedan cruzar, así que es muy poco probable obtener una descendencia viable, si de alguna forma se lograse cruzar una planta de trigo con alguna otra especie con la que no sea compatible.
Según Juan Carlos Hidalgo, “en Costa Rica se viene sembrando transgénicos desde hace 20 años. En el país hay 443 hectáreas de algodón, piña, soya y banano transgénicos. También en años recientes se ha cultivado maíz, tiquisque, plátano y arroz modificado genéticamente. Cinco empresas están detrás de estos cultivos: Semillas Olson, D&PL Semillas (Monsanto), Bayer, Semillas del Trópico y Del Monte. Hasta el momento nadie ha logrado documentar y demostrar problema alguno con estos cultivos.
Los ambientalistas quieren asustar como si se tratara de algo nuevo cuando llevamos ya dos décadas sembrando transgénicos. La tecnología ha estado en el país por tanto tiempo que incluso en el 2006 la Universidad de Costa Rica, con financiamiento de la Unión Europea (sí, de los mismos europeos), lanzó el Centro Nacional de Innovaciones Biotecnológicas (CENIBiot) con el fin de potenciar el uso de la biotecnología para la agroindustria nacional. Resulta extrañísimo que ningún ambientalista se haya ido a amarrar frente a la UCR por eso”.
Entonces, cabe preguntar a los ambientalistas y a otros grupos de interés en contra de la biotecnología, trayendo a colación un viejo refrán popular que dice: “¿Por qué tanto brinco… si el suelo está parejo?” Es sin duda una oposición ideológica, no científica
