Sep 25 2011

¿Y mientras no cambiemos las normas? Simple: debemos respetarlas

Published by under Política

De cabellos, uniformes y normas: aprendamos
de Leonardo Garnier, el Domingo, 25 de septiembre de 2011, 16:17

Sin duda no es el pelo el que estudia, ni es el uniforme el que aprende; tampoco son los aretes o los collares o un piercing los que determinan si alguien es buen estudiante o buena persona. Eso no está en discusión. Pelo largo o pelo corto no es el tema (que lo diga yo). El tema es otro: el aprendizaje de vivir en sociedad… y en una sociedad en la que siempre habrá algún tipo de normas, unas que nos gustan más, otras que nos gustan menos. Por eso es importante que la escuela y el colegio nos preparen – en distintos sentidos – para vivir en ese mundo de normas que es la sociedad. Por eso en cada escuela, en cada colegio, habrá reglamentos que establezcan distintas normas, incluyendo las del uso del uniforme, los aditamentos o el largo del cabello. En unos se permitirán unas cosas, en otros otras; en unos habrá más limitaciones que en otros… pero en todos habrá normas.

Ante las normas caben tres opciones: una, si no nos gustan, es tratar de cambiarlas… y para eso hay que aprender cuáles son las formas que, en cada caso, permiten cambiar una norma, como nos tocará en distintos momentos de nuestra vida y en distintos contextos. A veces tendremos que cambiar un reglamento de trabajo, otras veces cambiar un decreto o una ley; si vamos más arriba, habrá momentos en que la sociedad debe ponerse de acuerdo para cambiar una norma constitucional o, incluso, hacer una reforma constitucional completa. Todo eso se vale, para eso son las normas: para cambiarlas cuando no nos gustan; pero debemos cambiarlas en conjunto, según el acuerdo que tengamos sobre cómo se cambian las normas (que, por cierto, es otra norma).

¿Y mientras no cambiemos las normas? Simple: debemos respetarlas. Esto, de nuevo, nos ocurrirá toda la vida y es importante que la escuela y el colegio nos formen para ello. A lo largo de la vida seremos parte de muy diversos grupos humanos, organizaciones, clubes, instituciones, empresas o conglomerados humanos – como el mismo país – y, para ser parte de esos grupos, tendremos que seguir las normas vigentes de convivencia, que a veces serán más importantes otras menos; a veces más sensatas, otras menos pero, mientras no las cambiemos, debemos seguirlas. Los ejemplos abundan: tenemos que conducir por la derecha aunque de pronto alguien piense que le gustaría más hacerlo por la izquierda; o respetar los límites de velocidad o usar el cinturón. Si un médico trabaja en un hospital que exige el uso de gabachas verdes, tendrá que ser verdes las que usen, aunque le guste más la roja, la azul o la floreada; lo mismo le ocurrirá a la policía que hubiera preferido un uniforme distinto, al chef que quería usar un tipo de gorra distinta a la que le exigen en el restaurante en que trabaja, a la aeromoza o aeromozo que no le gusta el gorrito o la corbata que le piden, al ministro que preferiría trabajar sin corbata… nos pasa a todos. En fin, las normas limitan hasta a los más famosos: estamos claros que no es el uniforme el que juega y mete goles pero ¿qué pasaría si Lionel Messi le dice a Pep Guardiola que él quiere jugar usando la camiseta albiceleste de la selección argentina? Simple: Messi o no Messi, Guardiola le dirá que si quiere jugar con el Barca usa el uniforme del Barca y punto. Aunque el uniforme no juegue. Y este es uno de los aprendizajes que nos debe dar la escuela y el colegio, vivir con algunas reglas es parte de las limitaciones de “vivir con otros”.

Entonces, podemos cambiar las reglas – siguiendo las reglas para cambiarlas – y, mientras no las cambiemos, debemos cumplirlas. Para ambas cosas debe formarnos el sistema educativo y, por eso, las escuelas y colegios tienen sus reglamentos y sus normas diversas. A los estudiantes que no les guste alguna de las normas que existan en su colegio, les queda la opción de promover cambios pero, si no lo logran, deben cumplir las normas… y aprender a vivir con normas.

¿Será siempre así? No, no siempre es así… y por eso no podría terminar sin una advertencia fundamental. Hay momentos excepcionales en la vida y en la historia, en los que todo lo que he dicho… no aplica. Hay momentos críticos en los que podemos enfrentarnos a una situación en la que, frente a una norma que violenta la dignidad humana, frente a una norma que humilla o lastima a alguien, ante una norma que quebranta los derechos más profundos del ser humano… estamos obligados – primero – a tratar de cambiarla pero, si no es posible, estamos moralmente obligados a incumplirla, a violentarla. Son casos límites, pero nunca podemos olvidarlos: hay normas inaceptables, y eso también tenemos que saberlo.

Para todo eso debe servir la educación, que nunca puede ser lineal, que nunca puede ser una receta en blanco y negro. La educación, como la vida misma, debe enseñarnos a entender todos los matices y brindarnos la capacidad de utilizar nuestros criterios éticos para enfrentar los diversos dilemas de la vida y saber, en cada caso, si nos limitamos – como la mayoría de las veces – a cumplir con las normas; si hacemos el esfuerzo por modificar determinadas normas o si, como ocurre en casos extraordinarios y de gran dramatismo humano, nos corresponde, inevitablemente, violentar las normas en defensa de un imperativo moral superior.

Todo esto podemos aprender de una discusión que parecía ser simplemente sobre el largo del cabello, el pantalón tubo, el arete o la pintura de uñas que nos dejan usar en el cole. Hasta los más pequeños detalles nos pueden enseñar sobre las cosas más profundas.

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